He estado releyendo mi blog, el cual hacía mucho tiempo que no leía y me he encontrado con alguna sorpresa. Una de ellas es que yo pensaba que mi blog no lo leía nadie salvo mis amigos, pero veo que no, que hay gente ajena a mí que lo lee, y que además se interesa por lo que pongo. Muchas gracias a todos.
También he estado leyendo por enésima vez «El último adiós». Aquel que le di a mi amada compañera perruna Hestia. Y leyendo me ha venido a la cabeza una cosa que jamás se me podrá olvidar.
Hace algo más de 1 año yo estaba embarazada, con la mala suerte que no pudo llegar a buen término y con 13 semanas de gestación sufrí lo que los médicos llaman una «muerte fetal». No voy a entrar en detalles de eso. Pero lo que sí que voy a contar es lo que me pasó con Hestia.
Cuando yo llegué a casa del hospital, hecha polvo y sin querer ni mirarme al espejo (mi marido estaba de viaje, mala suerte) llegó Hestia y puso su cabezota en mi pierna como pidiendo permiso para subir al sofá. Subió y se sentó a mi lado. Yo no dejaba de llorar. Estuvimos así las dos como 4 horas. Pero lo más impresionante de todo, y lo que jamás y nunca se me podrá olvidar, es que cada lágrima que rodaba por mi mejilla, ella las lamía. No se movió de mi lado. No ladró. No pidió bajar a la calle. Estuvo conmigo en uno de los momentos más duros de mi vida, en el cual estaba sola. Mis padres lejos, mi marido lejos. Estaba sola, sólo la tenía a ella. Y ella estuvo ahí, conmigo.
Y ahora yo me pregunto, ¿cómo puedo olvidarme de eso? ¿Cómo no la voy a echar de menos? Ella fue la única que estuvo a mi lado, y 6 meses después de esto, también se marchó para siempre.
Ójala algún dios la tenga en su gloria porque ella se lo merece.
Gracias Hestia.
"La vida no es medida por el número de respiraciones que tomamos, sino por los momentos que nos hacen contener la respiración"
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viernes, 23 de julio de 2010
domingo, 21 de junio de 2009
La niña y la polla
El otro día, yendo con mi marido en el coche camino de casa, no sé por qué me vino a la cabeza un recuerdo de cuando yo era niña.
Yo tenía 11 años y mi hermana 13. Era sábado. A eso de las 13:00 mi madre nos dijo: --¡Ay, que yo quería hacer pollo asado para mañana y se me ha olvidado comprarlo!-- Así que nos mandó a la pollería de siempre con el recado de que trajéramos un pollo troceado para asar.
Mi hermana y yo fuimos a la pollería de toda la vida y le dije a Pepe: --Pepe, ha dicho mi madre que nos des un pollo que sea grandecico y troceado para asar--. A lo que Pepe respondió: --Dile a tu madre que pollos no me quedan, que si quiere, le pongo una polla--. Mi cara debió de ser todo un poema. Empecé a ponerme roja, ya se sabe, cosas de la edad y que una escuchaba ya en la calle muchas palabras de ese tipo. Al verme la cara Pepe se debió de dar cuenta de lo que había dicho.
Mi hermana y yo nos fuimos a casa con el recado de Pepe. Cuando llegamos le dije a mi madre: --Mamá, Pepe me ha dicho que pollos no le quedan, que si quieres te pone una polla--. Mi madre, alertada de la frase, cogió el teléfono y llamó a la pollería. --Pepe, ¡¿Pero qué le has dicho a las crías?!-- Pepe se disculpó y dijo que la frase había sido sin mala intención, que realmente no le quedaban pollos, pero sí le quedaban pollas. La cuestión de la pregunta era porque las pollas tienen un tamaño ligeramente más pequeño que el de los pollos y no sabía si mi madre las quería o no. a fin de cuentas no iba a engañar a una clienta de toda la vida. Así que mi madre nos volvió a mandar a la pollería a comprar dos pollas que le había encargado ya por teléfono. Cuando llegamos el paquete ya estaba preparado, pagamos y Pepe, el pobre, casi ni se atrevió a mirarnos a la cara. Y mi hermana y yo nos fuimos a casa con dos pollas dentro de una bolsa.
El malentendido se olvidó a los pocos días y mi madre, por supuesto, siguió comprando en la pollería de Pepe muchos años más. Hoy en día ya no está, hace bastantes años que se jubiló, pero no sé por qué me vino el otro día su recuerdo.
Yo tenía 11 años y mi hermana 13. Era sábado. A eso de las 13:00 mi madre nos dijo: --¡Ay, que yo quería hacer pollo asado para mañana y se me ha olvidado comprarlo!-- Así que nos mandó a la pollería de siempre con el recado de que trajéramos un pollo troceado para asar.
Mi hermana y yo fuimos a la pollería de toda la vida y le dije a Pepe: --Pepe, ha dicho mi madre que nos des un pollo que sea grandecico y troceado para asar--. A lo que Pepe respondió: --Dile a tu madre que pollos no me quedan, que si quiere, le pongo una polla--. Mi cara debió de ser todo un poema. Empecé a ponerme roja, ya se sabe, cosas de la edad y que una escuchaba ya en la calle muchas palabras de ese tipo. Al verme la cara Pepe se debió de dar cuenta de lo que había dicho.
Mi hermana y yo nos fuimos a casa con el recado de Pepe. Cuando llegamos le dije a mi madre: --Mamá, Pepe me ha dicho que pollos no le quedan, que si quieres te pone una polla--. Mi madre, alertada de la frase, cogió el teléfono y llamó a la pollería. --Pepe, ¡¿Pero qué le has dicho a las crías?!-- Pepe se disculpó y dijo que la frase había sido sin mala intención, que realmente no le quedaban pollos, pero sí le quedaban pollas. La cuestión de la pregunta era porque las pollas tienen un tamaño ligeramente más pequeño que el de los pollos y no sabía si mi madre las quería o no. a fin de cuentas no iba a engañar a una clienta de toda la vida. Así que mi madre nos volvió a mandar a la pollería a comprar dos pollas que le había encargado ya por teléfono. Cuando llegamos el paquete ya estaba preparado, pagamos y Pepe, el pobre, casi ni se atrevió a mirarnos a la cara. Y mi hermana y yo nos fuimos a casa con dos pollas dentro de una bolsa.
El malentendido se olvidó a los pocos días y mi madre, por supuesto, siguió comprando en la pollería de Pepe muchos años más. Hoy en día ya no está, hace bastantes años que se jubiló, pero no sé por qué me vino el otro día su recuerdo.
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